2/12/2016

El último genio de Roma

Gian Lorenzo Bernini


Escultor portentoso y arquitecto visionario, Bernini puso su inmenso talento al servicio de los papas y de su proyecto de convertir Roma en la capital artística de la Cristiandad.


        FuenteGian Lorenzo Bernini


Hombre excepcional, artífice sublime, nacido por disposición divina y para que la gloria de Roma ilumine el siglo». Así se refería el papa Urbano VIII al escultor y arquitecto Gian Lorenzo Bernini. No era para menos: los pontífices del siglo XVII tenían mucho que agradecer al artista genial que, a lo largo de sesenta años de incansable actividad, forjó muchas obras emblemáticas de la Roma de la Contrarreforma. La basílica de San Pedro tal como hoy la contemplamos, con el célebre baldaquino de bronce, la Scala Regia y la majestuosa perspectiva de la plaza, es tan sólo una parte de su extraordinario legado.
«Su talento es de los mejores que jamás haya formado la naturaleza, ya que, sin haber estudiado, tiene casi todas las ventajas que las ciencias dan al hombre», decía de él también el coleccionista y mecenas francés Fréart Chantelou, que lo conoció durante su estancia en Francia. En efecto, Bernini no cursó ningún estudio regular y, aunque sabía leer y escribir, no conocía el latín; supuesta ignorancia que, según algunos autores, lejos de perjudicarle le sirvió para dejar de lado los prejuicios académicos y expresar ideas de gran originalidad. Su auténtica formación la adquirió junto a su padre, un escultor florentino trasladado a Roma, en cuyo taller aprendió a dibujar y a esculpir tomando como modelos obras antiguas.

Un joven prodigio
Muy pronto lo tomó bajo su mecenazgo el cardenal Scipione Borghese, un sobrino y secretario del papa Pablo V que había amasado una enorme fortuna. Para decorar los jardines de la villa Borghese realizaría Bernini sus primeras esculturas notables, como El rapto de Proserpina y Apolo y Dafne. El virtuosismo técnico y la extraordinaria expresividad de estas piezas dieron a Bernini una fama instantánea como escultor que se prolongaría durante toda su carrera. El citado Chantelou, por ejemplo, decía que sus estatuas revelaban «un talento completamente particular para expresar las cosas con la palabra, el rostro y la gesticulación, y para hacerlas ver tan agradablemente como los más grandes pintores han sabido hacerlo con los pinceles».

En 1623, el acceso al trono papal del cardenal Maffeo Barberini, que tomó el nombre de Urbano VIII, propulsó a Bernini al primer plano de la escena artística. El nuevo pontífice, deseando emular a los grandes papas mecenas del Renacimiento, vio en Bernini a un nuevo Miguel Ángel, un «hombre universal» capaz de llevar el arte católico a las máximas cotas de perfección. Enseguida le encargó la decoración de la basílica de San Pedro, donde Bernini realizó el baldaquino del altar mayor de San Pedro y la tumba monumental del propio Urbano VIII. En el año 1629 asumió, además, la dirección de las obras de la basílica, responsabilidad que mantendría hasta su muerte.

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